Poco a poco vamos entrando en rutina. Todo un verano y parte del otoño de sobresaltos, hace que lo importante quede relegado por lo urgente, sin poder saborear los buenos ratos (pocos, todo hay que decirlo) que han traido este verano.
Uno de esos pocos momentos se produjo en la primera semana de agosto.Aprovechando las jornadas de CREUP en Santander (magníficas jornadas, y un pasó más en la elaboración de discursos estudiantiles propios), decidimos ampliar la estancia en la zona de viernes a domingo. Casi 3 días más para conocer Cantabria Oriental, única que me quedaba por recorrer. Y como no, es una zona que no defrauda. Comparándola con la zona media y la oriental, se trata de una zona donde algunos de los núcleos de población son de más tamaño, con cierta orientación playera, y con zonas de interior con un turismo más desarrollado salpicado de magníficos paisajes. Partiendo de nuestra base-casa rural de Seña, planificamos estos días, ayudado por los pantagruélicos desayunos cántabros que nos sirven.
El primero (tarde del viernes) se limitó a aproximarnos a Castro-Urdiales y Laredo, a modo de tanteo del terreno, las cuales ya entramos a conocerlas con mayor profundidad el sábado desde primera hora. Ambas tienen un tamaño considerable para la zona, y se nota cierta orientación playera. De Castro-Urdiales me quedo con el conjunto castillo, iglesia (de influencia normanda) y puerto marítimo. También están excavando restos romanos, pero nada considerable por el momento. Un heladito en Regma también ayudó a apreciar la ciudad y disfrutar de su paseo marítimo y la feria-mercadillo medieval que habían montado.
Laredo es otra de las ciudades orientadas al Cantábrico con un pasado marinero muy señalado. De hecho, en la localidad dan inicio a una ruta turística muy interesante que rememora el viaje de Carlos V por la zona, en su trayecto a Madrid desde el norte de Europa. Las calles estrechas, pero bien estructuradas para ser de época medieval, las grandes casas solariegas y el ambiente marinero que se respiraba en la ciudad, parecía trasladarnos a otra época. Una bandeja de pescado a la plancha en la zona monumental de la ciudad es una magnífica forma de retomar fuerzas para subir y bajas sus calles.
El siguiente tramo que recorrimos partía de Colindres, hasta Ramales de la Victoria. Casi todos los pueblos que atravesamos tenían algo original o llamativo que captaba nuestra atención: casas solariegas (la mayoría en perfecto estado, salvo la del Condestable de Castilla, cuyo único habitante era un mulo precioso), iglesias y hermitas, el Parador de Limpias, restos de alguna torre-vigía, palacios como el de Ampuero y sus dos “sotas de bastos” a las puertas, la plaza de toros cuadrada de Rasines …..todo impregnado de ese verde y la humedad de los ríos que tanto nos llama la atención a quienes vivimos en zonas más secas. Evidentemente , no puedo faltar encontrarnos con animales suelos por la carretera (en esta ocasión, fueron vacas pintas), por lo que pacientemente nos echamos a un lado a esperar su paso. La tradición es la tradición.
Proseguimos hasta encontrar (y digo bien, porque por la niebla a punto estuvimos de saltarlo) el nacimiento del río Asón con su espectacular catarata y visitar fugazmente la iglesia neoclásica de Arredondo.
Y el domingo, la traca final. Decidimos visitar la zona entre Liérganes (pueblecito precioso, no tan masificado ni artificial como Santillana de Mar, con un puente medieval impresionante y una historia increible sobre el “hombre pez”) hasta Santoña. El paisaje se abre y las montañas ceden paso a paisajes más abiertos, con la influencia del mar y un cálido sol como compañeros. Aguero, Isla, Arnuero, Noja….hasta Santoña y sus grandes playas y fortalezas militares.
Por último, toca el regreso. Decidimos hacer ruta interior y antes de marchar visitamos la cueva de Covalanas, lugar donde se han localizado las pinturas rupestres más antiguas de la península. El lugar tiene algo de mágico, y las pinturas son espectaculares. Además, observo que crecen en el camino de ascenso a la boca de la cueva alguno endrinos, de los que me llevo algunos frutos para plantarlos junto a mi endrino madrileño del año pasado. A ver qué sale.
Así, doy por concluidos mis viajes a Cantabria. Puede que no haya conocido todo , pero desde luego que me he llevado bastantes impresiones de allí. Es una región muy variopinta, con mucho que ver en monumentos históricos de todas las épocas pero de forma diseminada por el territorio, con buena comida de la de disfrutar, paisajes preciosos y contrastes costa-montaña que llaman muchísimo la atención. Esta comunidad que merece la pena visitarse, invita al descanso (aunque con las palizas turísticas podría parecer que no) y a la observación. Es una zona que os recomiendo a todos visitar, porque no deja indiferente.





